Hacía ya mucho tiempo que los patos habían dejado de entrar en la laguna.
De hecho, sólo lo hicieron durante tres o cuatro semanas de principios de otoño. Fueron unos días espléndidos, en los que la deslumbrante luz del Ampurdán deja¬ba tras de sí unos largos y espectaculares crepúsculos de nubes incendiadas. En aquellos días cacé mis primeros ánades reales. Allí, agazapado entre los juncos al borde de la laguna, al pie de la Sierra de Roda, y solo en medio de la llanura de los Aiguamolls [...]
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