Hacía ya mucho tiempo que los patos habían dejado de entrar en la laguna.
De hecho, sólo lo hicieron durante tres o cuatro semanas de principios de otoño. Fueron unos días espléndidos, en los que la deslumbrante luz del Ampurdán deja¬ba tras de sí unos largos y espectaculares crepúsculos de nubes incendiadas. En aquellos días cacé mis primeros ánades reales. Allí, agazapado entre los juncos al borde de la laguna, al pie de la Sierra de Roda, y solo en medio de la llanura de los Aiguamolls, estuve días y días esperando los patos.
Escondido entre las cañas, aprendí lo poco que sé de la caza del ánade real o azulón. Descubrí que sólo entraban durante unos pocos minutos, ésos que se sitúan entre el día y la noche, al amanecer y a la puesta del sol. Pero, sobre todo, descubrí que a mi perra «Luna» le gustaba cazar patos tanto o más que a mí.
«Luna» es mi perra. Más que eso, es mi amiga. Es una bretona joven, flaca y casi del todo blanca. Es una fuera de serie, un ciclón. Juntos hemos hecho jornadas inacabables, cazando de sol a sol con el barro por los tobillos o subiendo montaña con la maleza por el pecho. Jamás, ni siquiera cuando era una cacho¬rrita de cinco meses, me ha dicho basta. Si yo no paro, ella tampoco. Ella y yo somos felices cazando.
Pero lo cierto es que yo creía que no le gustaba nadar. Eso lo deduje cierto día que, estúpidamente, decidí que iba a enseñarle a cobrar en el agua.
Había capturado una codorniz que no podía volar y nos fuimos hasta la laguna.
Por aquel entonces la perrita tendría seis o siete meses y más parecía un peluche
que una fiera cazadora. Sin pensármelo demasiado, saqué la codorniz del bolsillo y la tiré al agua todo lo lejos que pude. Acto seguido, cogí a la perra en
brazos y también la tiré al agua, cerca de la pobre codorniz. Pero, en vez de atrapar velozmente la codorniz, como yo había imaginado, perra y codorniz nadaron frenéticamente hacia la orilla. Todas las veces que repetí la operación obtuve el mismo resultado. Mi hija, que contempló la escena muerta de risa, decía que aquello parecía un campeonato de natación animal, y yo decidí, bastante mosqueado, que «Luna» no servía para cobrar en el agua.
El caso es que a última hora de la tarde del primer día de caza, cuando ya íbamos de regreso, nos encontramos con Kiko y su primo, que me dijeron que si iba con ellos a la laguna «a ver si entraba algún pato». Estábamos los tres sentados, charlando distraídamente al borde de la laguna mientras el sol se escondía apaciblemente, cuando un par de docenas de zumbidos pasaron por encima de nosotros. Una auténtica lluvia de patos y nosotros tumbados en la hierba. Precipitadamente disparamos a diestro y siniestro. Ellos abatieron a tres o cuatro, que quedaron flotando en la laguna, y yo le di a una hembra que alzó el vuelo cerca de mí. Ante mi asombro, «Luna» se tiró al agua, nadó hasta el pato, lo cogió y lo dejó dulcemente a mis pies. Me sentí el cazador mas feliz del mundo. La felicité, la abracé y le hic mil carantoñas. Ella hacia cabriolas y daba brincos, loca de alegría.
A partir de aquel día, amanecíamos y anochecíamos al borde de la laguna, fieles a nuestra cita con los patos.
Ni siquiera dejábamos de ir cuando me rompí el pie. Escayolado y con muletas, iba a amanecer entre las cañas, con el corazón desbocado y la pierna dolorida.
Cuando los patos dejaron de entrar me costó mucho aceptarlo y seguimos yendo a la laguna por el simple placer de ver las estrellas reflejadas en el agua y las nubes viajando veloces por el cielo rojizo de la llanura. Muchas semanas después de reconocer que los patos no volverían a entrar, aún regresaba a la laguna de vez en cuando, preso de intensos ataques de nostalgia. Echaba de menos el zumbido que rompía el silencio de la noche, cuando las aves picaban, a oscuras, para lanzarse a l agua. Echaba de menos sus siluetas recortadas contra la luna llena. Añoraba, incluso, la furia de la tramontana, zarandeando violentamente los juncos hasta enterrarlos en el agua. Pero debía reconocerlo, aquellos días magníficos se habían acabado.
Estábamos a principios de febrero y la temporada había llegado a su fin. Hacía muchos día que casi no habíamos cazado nada, apenas unos pocos tordos y unas liebres despistadas. Ya casi no se oían pisparos en la llanura... Los campos estaban anegados por las súbitas inundaciones de aquella semana y el mundo entero era un mar de barro blando y pegajoso. Era el último domingo que habíamos caminado todo el día chapoteando infructuosamente entre el fango de los campos. No habíamos visto nada.
“ Luna “ estaba rebozada de barro y regresábamos agotados. Pasábamos rodeando la laguna y me senté a fumar un cigarrillo en mi piedra favorita. De espaldas a la laguna, estuve contemplando la llanura, que se extendía a mis pies hasta encontrarse a lo lejos con el mar.
Me levanté y seguí caminando distraídamente, mirando los campos anegados, cuando de repente oí a mi derecha el vuelo inconfundible de los patos al levantarse. Una pareja de ánades remontaba el vuelo. Habían estado camuflados entre juncos. Disparé a la hembra, más cercana, y cayó haciendo un tirabuzón. El segundo disparo fue para el macho, que, tocado, se hundió en el agua. “ Luna “ logró sacar el macho herido, y nos fuimos orgulloso y cansados de vuelta a casa, mientras la perra hacía cabriolas feliz a mi lado.
JAVIER MARTIN BLANCOTags: ultimos, patos